jueves 9 de septiembre de 2010
 
Luis Farfán: así, sin adjetivos
 
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Pocas veces nuestras entrevistas de semblanza son tan oportunas. Resulta que concertamos la cita para viajar a La Paz coincidiendo con su designación como coordinador de aquella unidad foránea del CICESE. Luego, la redacción de esta entrevista con Luis Farfán Molina quedó pendiente hasta ahora, a sólo unos días del paso devastador del huracán Dean por territorio mexicano, con lo cual su tema de estudio quedó justo en la palestra de la atención pública nacional.

Originario de Oaxaca pero criado desde muy chico en La Paz, Luis nos explicó que fue la experiencia de haber vivido el paso del huracán Liza en 1976, que dejó inundaciones, damnificados y muertes, lo que determinó su vocación desde niño: estudiar estos sistemas meteorológicos. Bueno, eso, y un anuncio que vio cuando estudiaba física en la Facultad de Ciencias de la UNAM, donde Sergio Reyes Coca invitaba a estudiantes de licenciatura a viajar hasta el extremo noroccidental de México para desarrollar sus tesis de licenciatura en meteorología.

Algo que distingue a Luis Farfán es que no ha trabajado en las instalaciones del CICESE en Ensenada, sino que directamente comenzó a laborar en la unidad foránea de La Paz en 2002.

De igual manera, a Luis lo distingue su trato sencillo y apacible, didáctico, en donde lo mismo platica del estado que guarda la meteorología a nivel nacional que de las andanzas de su perro, el Yaqui, o de su afición por la fotografía y por los modelos a escala de aviones comerciales.

Caminador empedernido, amante de la vida al aire libre, Luis Farfán me recibió en su oficina localizada en la parte baja de la gran casona que alberga la representación del CICESE en La Paz. A esa hora, las cuatro y media de la tarde, ya casi todos se habían ido a comer. Y más tomando en cuenta que esa tarde jugaba la selección mexicana de fútbol. Sin embargo, fiel a lo convenido, Luis aguardó paciente a que lo entrevistara y platicáramos de lo que significa ser uno de los pocos especialistas en huracanes tropicales que existen en México.

Como ya lo mencionamos, se fue a vivir a La Paz desde muy chico. En este “puerto de ilusión” hizo parte de la primaria, la secundaria y un año de prepa. Después se fue a vivir a la ciudad de México y estudió el bachillerato en el CCH Azcapotzalco.

Primeros contactos con Ensenada

En 1984, cuando tuvo que decidir qué quería estudiar, realmente no lo pensó mucho. Por los cursos que tuvo en secundaria y preparatoria se decidió por la carrera de física en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Sin embargo, algunos libros de oceanografía que había en la biblioteca lo hicieron dudar un poco. Por ahí se enteró que en Ensenada existía la carrera de oceanología en la Universidad Autónoma de Baja California, y aunque nunca concretó su cambio, fue una idea que consideró durante un tiempo.

Dos factores influyeron para que Luis Farfán decidiera, como especialidad, dedicarse a estudiar la estructura de los ciclones que se presentan en el Pacífico tropical: las vivencias que dejaron en él varios ciclones que azotaron La Paz durante su niñez, en especial el huracán Liza que, sin tocar tierra, afectó tremendamente toda esa región en 1976, y un pequeño anuncio de un investigador del CICESE llamado Sergio Reyes Coca que vio pegado en alguna puerta de su facultad.

En él, el Dr. Reyes Coca invitaba a alumnos que estuvieran interesados, a hacer su tesis de licenciatura en Ensenada. Sin pensarlo mucho y tomando en cuenta que por esas fechas iba a viajar a La Paz a visitar a sus papás, aprovechó y decidió ir hasta Ensenada para hablar directamente con él. Esto ocurrió en 1986.

Los recuerdos del CICESE en esa época son muy claros. Había que pasar como por laberintos para llegar al cubículo de cualquier investigador. Era tarde y las instalaciones estaban medio solas. Lógicamente, Luis se refiere al local que en ese entonces el CICESE ocupaba en la avenida Espinoza.

“Me presenté con él, me preguntó varias cosas y me dijo que si quería venir a Ensenada estaba bien, pero me pidió que siguiera en comunicación. Como no había correo electrónico y el teléfono no se usaba mucho porque era caro, había que hacerlo por medio de cartas que tardaban semanas en llegar. Me mandó copias de algunos de sus artículos y me explicó que el siguiente año se iba de sabático a la Universidad Estatal de Colorado. Por eso, me sugirió que hiciera la tesis en Cuernavaca, en el Instituto Mexicano de Tecnología del Agua (IMTA). Obviamente resultaba más sencillo ir a Cuernavaca que viajar a Ensenada”, señala Luis con una sonrisa.

Y así empezaron sus idas y venidas diarias de México a Cuernavaca. La persona que le recomendó Sergio Reyes como director de tesis fue Jorge Sánchez Sesma, un ingeniero civil metido a cuestiones hidrometeorológicas. En el IMTA podía tener acceso a herramientas que en esos años no eran tan comunes: las computadoras personales. Además, fue ahí donde aprendió meteorología. Luis comenta: “Yo sabía física, pero nunca llevé un curso formal de meteorología; de repente veía los libros y me preguntaba ¿eso qué será? Unos meses antes de que yo fuera con él, mi director viajó al Centro Nacional de Huracanes, en Miami, con Sergio Reyes y trajo mucho material: libros, reportes, artículos de meteorología y huracanes. Con ellos aprendí y así fui haciendo mi tesis sobre estructura de ciclones en el Pacífico, en particular sobre el viento”.

En el IMTA no tenía un lugar designado, pero tenía acceso a las primeras computadoras IBM o Printaform que iban saliendo. “No tenía escritorio, así que todos los días tenía que ver quién faltaba para poderme sentar en su lugar. Y si todos iban entonces me iba a la biblioteca o me acomodaba en alguna silla”.

Además, en esa época logró buenos contactos: “Mi director de tesis compartía el cubículo con otro investigador, Michel Rosengaus Moshinsky, quien acababa de regresar de un doctorado en el Instituto Tecnológico de Massachussets. Él es ahora el director del Servicio Meteorológico Nacional. Me conoce, se acuerda de mí y de repente nos comunicamos. Por ejemplo, esto me llegó antier (y saca un reporte recién impreso que le llegó por correo); por eso digo que me sirvió hacer mi tesis ahí”.

Su examen profesional lo presentó en septiembre de 1990, y dos semanas después un investigador de la Universidad de Arizona fue a la UNAM a presentar un seminario sobre la formación de huracanes en el Pacífico norte.

El posgrado

En ese momento alguien le dijo “¿por qué no le preguntas si puedes ir a estudiar un posgrado en Arizona?”, y dicho y hecho, aquel investigador le describió las actividades del departamento de meteorología, los cursos y las áreas de investigación. “En inglés y despacio, porque yo no lo entendía muy bien. Había hecho el examen TOEFL y había sacado como 510 puntos. Me faltaba práctica; escuchaba música en inglés y algunas veces me iba al Instituto de Matemáticas, que estaba ahí, en la Facultad de Ciencias, a algún seminario que se diera en inglés, sólo para curiosear y ver si entendía, y como que sí entendía”, recuerda Luis.

Coincidió que un mes después de haber hablado con este investigador, se estaba organizando en Ensenada un congreso de la Sociedad Mexicana de Física. De Ensenada a Tucson la tirada no estaba tan larga, así que aprovechó para ir también a la Universidad de Arizona. Más tardó en presentar su ponencia en la Facultad de Ciencias de la UABC que en salir rumbo a la terminal de camiones; de ahí a Tijuana, luego cruzó a pie a San Ysidro, de ahí en trolley a San Diego, a la terminal Greyhound, y 12 horas después ya estaba en Tucson, Arizona, buscando alojamiento en un “hostel” económico.

Lo que siguió fue una experiencia común para muchos de los jóvenes mexicanos que se van a estudiar un posgrado al extranjero. Lo relata Luis así:

“Hablé por teléfono y vinieron por mí para ir la universidad, donde platiqué con el profesor que había visto en la UNAM. Estuve dos días con ellos; el primer día me llevaron a comer a un restaurante de comida mexicana llamado ‘El Parador’, que todavía existe, y después me llevaron a una clase normal de meteorología física, para ver si iba a entender, y entendí, no muy bien porque era medio semestre y ya habían visto otras cosas, pero al menos sabía de qué hablaban, de trayectorias y distancias de partículas. Y al siguiente día hicieron que llenara una solicitud para entrar a estudiar. Pero ahí empecé con problemas porque me pedían cosas como el número del seguro social y no sabía que poner; al final de cuentas la llené y la entregué. De ahí fuimos a verificar los resultados del TOEFL, que ya lo había hecho antes. En ese examen uno pone las opciones de universidad a las que quiere ir, y como puse a la Universidad de Arizona, pues buscaron y dieron con el resultado. Eso fue a finales de octubre de 1990. Me dijeron que tenía que mandar mi historia académica traducida al inglés, para tener completa mi solicitud, pero había que apurarse. Regresé a México, fui a la UNAM y pedí el documento. Coincidió que la UNAM cayó en riesgo de huelga para principios de noviembre, pero al final se evitó la huelga y pude hacer mi trámite. A principios de diciembre me enviaron una carta de aceptación diciéndome que nos veíamos en enero. Me dieron una beca como ayudante de investigador y ya sólo hice los trámites ante la embajada para la visa. En esa época era relativamente fácil hacer un trámite de visa para estudiantes. Me la dieron y el 2 de enero de 1991 me presenté en la universidad”.

El departamento de meteorología en aquella universidad era pequeño: como 10 profesores, unos 25 estudiantes de posgrado y 3 secretarias.

- ¿Qué tan popular era estudiar cuestiones de meteorología en esa época?

En México muy poco. Cuando me fui, la UNAM tenía una maestría en meteorología en el Centro de Ciencias de la Atmósfera. Pero no se me ocurrió estudiar ahí.

- Te lo pregunto porque creo que no existe en México alguna licenciatura en meteorología, ¿no?

Sólo hay una, es la licenciatura en Ciencias Atmosféricas de la Universidad Veracruzana, que está en Jalapa. De hecho a principios de junio de este año fui a conocer la escuela, a sus profesores y a invitar estudiantes para que vengan a La Paz a hacer su tesis o estudien un posgrado en el CICESE. Es una escuela pequeña, que no se conoce mucho y ha tenido algunos problemas que han provocado que se limite por algunos semestres.

- ¿No sientes que esto está cambiando? ¿Se le está dando apoyo a esta área?

Todavía en México la licenciatura sigue siendo sólo ahí. Creo que la fuerza aérea, la marina y el ejército tienen meteorología. Por ejemplo, el meteorólogo que está en Ensenada, Santiago Higareda, viene de la fuerza aérea. Ellos tienen un buen entrenamiento técnico. Un meteorólogo en México puede trabajar en el Servicio Meteorológico, en la Comisión Nacional del Agua en diferentes estados, en Pemex en áreas de predicción del tiempo, en protección civil, en las universidades y centros de investigación, o en algunas áreas con aplicaciones en agricultura. Un amigo egresado de la Universidad Veracruzana trabaja en una compañía que se llama AGROASEMEX, que es una aseguradora del gobierno que se localiza en Querétaro.

- ¿A qué se debe entonces que no hay una tradición en México que permita tener gente preparada en esta área?

No lo sé. Podría ser en parte que no hay mucha difusión de la carrera; mucha gente no sabe que existe. Otra razón, probablemente, tiene que ver con los requisitos, pues es preferible que los estudiantes vengan de carreras en el área de físico-matemáticas, o de ingeniería, que tampoco abundan.

En Estados Unidos hay varias escuelas, pero no tantas como para otras carreras. Geografía, historia o inglés hay en casi todas las universidades, pero meteorología no. Aún así, comparado con México, hay muchas más.

Luis entró directamente a estudiar la maestría, pero siguió con el doctorado en la misma universidad, y luego se quedó con ellos un par de años.

Ahí conoció a la Dra. Tereza Cavazos, quien realizó una estancia de un año en esa universidad antes de venir a Ensenada a trabajar en el CICESE.

Su llegada al CICESE

Fue Tere el contacto para que Luis comenzara a trabajar en este centro de investigación. Las opciones eran el Departamento de Oceanografía Física en Ensenada, o la unidad foránea del CICESE en La Paz. Luego de escribirle al entonces coordinador de la unidad, Dr. Armando Trasviña, en una ocasión que viajó a la capital sureña para visitar a sus padres conoció las instalaciones del CICESE e iniciaron el papeleo del programa de repatriación del Conacyt. Finalmente, el primero de julio de 2002 comenzó a trabajar en este centro.

Sin duda, uno de los factores que influyeron en su decisión fue que, comparado con el resto del país, Baja California Sur es uno de los estados con mayor frecuencia de huracanes, más incluso que la península de Yucatán. El otro factor es que no quería regresar a vivir a la ciudad de México. Por eso, con todo y que la UNAM es la institución que domina en esta área del conocimiento, pues cuenta con investigadores, programas multidisciplinarios, numerosos estudiantes de posgrado y gran prestigio, no le interesó pedir trabajo.

Algo que Luis destaca es que en ciertos aspectos no se requieren tantos recursos para hacer el tipo de investigación que ha realizado. “Por ejemplo, yo invierto poco en paquetes de graficación; los consigo porque en Arizona me eduqué usando paquetes que son para instituciones educativas. No se necesita pagar una licencia si se aplica en ambientes académicos o de educación. La desventaja es que no hay muchas oportunidades de entrenamiento, libros o manuales, y los que hay pueden llegar a ser muy técnicos”, señaló.

“Si veo información importante la comienzo a grabar en mi computadora para hacer trabajos especiales y genero ejemplos de interés general, como en el caso del tornado en Piedras Negras; busqué las imágenes de satélite cercanas y preparé el material al otro día”.
Sin embargo, no todo es filantropía académica. Muchos de los eventos meteorológicos que ocurren en verano en el suroeste de los Estados Unidos, explica Luis, inician en México, en la parte continental de las montañas de la sierra Madre Occidental, en el golfo de California o en alguna región del Pacífico. Por eso en Estados Unidos se tiene tanto interés en saber qué está pasando acá, algunos de estos eventos pueden impactarlos unas horas o días después.

Una buena vinculación

Algo que también destaca a este investigador es la relación que ha logrado establecer no solamente con autoridades estatales y municipales, sino incluso con representantes del sector privado, como el sector hotelero de Los Cabos.

Explicó que hay mucha demanda de información en las dependencias de protección civil, pues les interesa saber qué va a pasar en cada temporada.

Luis es muy didáctico en sus pláticas; usa globos terráqueos inflables para explicar cómo operan los satélites, mapas rígidos con relieve de la república mexicana para conocer el efecto de las cadenas montañosas en estos sistemas tropicales, y animaciones computarizadas para mostrar el desplazamiento de cada evento.

A diferencia de las pláticas “formales”, explica con ese tono neutro que usa cuando habla de su trabajo, o del material impreso que les proporcionan, o de lo que pueden ver en Internet, les habla sobre cómo se desarrolla un huracán. “El año pasado me tocó asistir a dos reuniones de protección civil, de las buenas cuando viene un huracán. Me di cuenta de que no siempre se dispone de la información e interpretación más apropiada. Yo prefiero hacer algo más visual, con animaciones, que son secuencias de imágenes de satélite como las que pasan en las televisoras, en los noticieros, mostrando dónde está el ojo, cuánto mide, o dónde está la región de aire seco y porqué el huracán se tuvo que ir por acá pues hubo ciertas condiciones en la atmósfera; o cómo entró a tierra, o qué midieron las estaciones meteorológicas. Para describir el funcionamiento de satélites geoestacionarios les hablo de velocidad angular y les explico con ejemplos, como los discos de acetato de antes, en que la parte interior va más despacio que la parte de afuera, que va más rápido. Y la gente se acuerda de los discos LP. Además llevo pluviómetros de jardinería y los entretengo. No es que yo sea bueno para dar pláticas, pero al menos los hago participar y trato de que se interesen más. Así, en vez de definirles qué es un ciclón, mejor les muestro imágenes, y cómo de un mismo ciclón podemos ver varias imágenes para comparar diferentes aspectos”, señaló.

Sin embargo, a pesar de tener esta clara vocación, Luis, al igual que otros compañeros que están en La Paz, no ha tenido estudiantes de posgrado. “Eso es algo que hemos desaprovechado. Me gustaría invitar y traer estudiantes que puedan aprender y utilizar esto. He estado hablando con Ivonne Best (de la Dirección de Estudios de Posgrado) sobre la opción de prácticas profesionales para estudiantes de licenciatura, o para entrenamiento técnico, donde recibirían capacitación por una temporada corta. Voy a intentar ahora esa opción porque tengo proyectos donde hay becas, y luego resulta que no las puedo ejercer porque no podemos localizar estudiantes. Es una opción interesante; es útil, aunque no es investigación teórica, si algo muy práctico que se puede aplicar”, indicó.

- Aparte de tu trabajo como investigador, ¿qué otras aficiones tienes?

Camino y me gusta ir a ver cosas naturales. Por ejemplo, hace unas semanas me fui de vacaciones a parques naturales en Arizona y California. Me gusta mucho la fotografía y aunque tengo una cámara muy sencilla, me gusta sacar fotos; la paciencia de buscar un ángulo y de anticipar cómo se va a ver la imagen. Caminar es un ejercicio que me he acostumbrado a hacer desde niño, y no tanto correr porque me canso. Además de servirme como distracción, puedo ir viendo cómo están evolucionando las condiciones de la atmósfera en el malecón de La Paz. Uno de mis planes cercanos es comprar una buena cámara y sacar fotos ya sea de tormentas o de eventos que no he podido registrar con mi cámara sencilla. Empecé sacando transparencias; tenía un aparato para proyectarlas en pantallas, algo que me enseñó a usar un visitante español en la Universidad de Arizona.

No estoy casado ni tengo hijos, pero sí un perrito. Se llama Yaqui, como los indígenas de Sonora. Nunca había tenido un perro hasta que adopté al Yaqui. Llegó de tres meses por medio de amigos de mis papás, y como no lo podían tener me lo regalaron. Ya creció y es un poco bravo, por eso ya no lo llevo a pasear al malecón. Somos muy buenos compañeros.

Otra de sus aficiones es coleccionar pequeñas réplicas de aviones. Su cubículo tiene varias de estas preciosas miniaturas, imitaciones de equipos reales que vuelan para diferentes líneas aéreas comerciales. En tono mucho más relajado, nos platica que comenzó su colección hace año y medio, en un viaje a la Universidad de Costa Rica. “Pasé por una tienda llamada Hobbymanía, y en ella había aviones de varias aerolíneas. Escogí Air France porque la única vez que he ido a Europa, de México a París, me fui en este avión; por eso lo compré. Cuando fui a Brasil me subí a este de Aeroméxico. En éste no me he subido pero siempre me han llamado la atención la aerolínea Japan Air Lines; este otro es de Eva Air y es de Taiwán. Ese amarillito de allá tiene historia, no el avión sino la compañía. En los setentas esa compañía, Hughes Airwest, venía a La Paz con un vuelo procedente de Las Vegas, y yo siendo niño lo pude ver aterrizar en el aeropuerto. Por eso cuando lo vi en una tienda de Arizona me acordé y lo compré”, finalizó diciendo.


 
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