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Un lapso de silencio
Esta nota se publicó el 25 de febrero de 2005 en el ejemplar número 89
 

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A los 22 años de edad, Edna Mariela Rubio Franco debió soportar la dolorosa experiencia de una negligencia médica que la mantuvo seis meses en estado de coma. Ocho años después, con la vida restablecida, decidió escribir un libro en el cual narra su propia experiencia. A la búsqueda de un editor que desee financiar la impresión de Un lapso de silencio, Mariela comparte con TODoS@CICESE fragmentos de su obra. [N.E.]

El dolor y la muerte no son obstáculos para la vida, sino dimensiones o fases de ella. El dolor y el sufrimiento tienen también un valor positivo si nos ayudan a comprender mejor nuestra naturaleza y sus limitaciones, si sabemos integrarlos a nuestro proceso de crecimiento y maduración porque el mundo es del color que cada quién lo quiera ver. Cuando drásticamente sucede una situación que te cambia la vida nos preguntamos ¿por qué?... sin entender que son pocas las personas escogidas para dar un ejemplo de vida.

A la edad de 22 años, debido a una negligencia médica, mi cuerpo permaneció durante seis largos meses en estado de coma. El último diagnóstico médico decía: la paciente no habla, no tiene ningún movimiento, no come por la boca, tiene una sonda en el estómago y al parecer no ve. Un error tras otro iba llenando los días de quienes me rodeaban de profunda tristeza, y mientras mi madre le pedía a Dios con todas sus fuerzas que me regresara a la vida, la gente le imploraba que me llevara y me quitara el sufrimiento, pero no sufría sólo dormía. De pronto, el alma se me escapó de las manos para elevarse a un plano infinito. Los médicos aseveraban que nada volvería a ser igual. Mis terapias de rehabilitación física eran de rutina, sólo para cumplir un requisito, al fin que nunca despertaría. ¡Qué cruel puede ser la ciencia! ¡Qué injustos los conocimientos, pero que sabio y grande es el amor! A pesar de que los médicos daban pocas esperanzas de vida, mi madre jamás se dio por vencida, y la fuerza y el cariño de quienes me rodeaban de una forma inexplicable me mantuvieron viva.

No me quejaba, no lloraba, con trabajos respiraba, pero estaba viva y percibía lo que ocurría alrededor. Recuerdo imágenes y ruidos dentro del hospital. Por momentos recuperaba conciencia y trataba de comunicarme sin éxito alguno, pues nadie imaginaba que ese cuerpo frágil e inerte quería gritar y levantarse de esa cama fría y asfixiante.

Como un bebé que acaba de nacer descubrí el mundo poco a poco, y como una pequeña mariposa, cuando estuve lista, extendí las alas y pude volar hacia un mundo distinto lleno de aprendizaje y de vida en cada detalle. No fue sencillo porque la gente me percibía con lástima, pero lástima era lo que menos necesitaba. A pesar de que mi cuerpo estaba contracturado, había perdido más de la mitad de mi peso corporal y mi aspecto físico era muy distinto, mi mente estaba intacta y mis pensamientos dirigidos hacia un solo objetivo: Lograr de mi vida un éxito completo.

Cuando encontraba un equilibrio entre mis pensamientos y emociones, resultaba maravilloso cerrar los ojos e imaginar que preso en mi propia piel, mi cuerpo podía moverse; que mis piernas recobraban vida y que de pronto me levantaba de esa horrible silla de ruedas que odiaba; jamás pensé que me quedaría en ese estado. Existía dentro de mí algo más fuerte que me hizo luchar contra la adversidad hasta cuando llegó el día en que pude poner mis dos pies en el suelo. Recuerdo que estaban entumidos pero increíblemente sostenían mi cuerpo. Di mis primeros pasos con ayuda y comprobé que nada es imposible. Después de sentir lágrimas de alegría en mis ojos y el corazón desbordándose en mi pecho, nada volvió a ser igual. Tuve la vida dentro de mí, sentí deseo y en pocos segundos comprendí la función de cada uno de mis sentidos.

La experiencia que viví quitó luz a mis ojos para que apreciaran la verdadera belleza. Me quitó el razonamiento para que buscara la lógica en cada sentido. Me dejó sin movimiento para que mi cuerpo se expresara con un solo suspiro y cuando parecía que todo estaba perdido, mis manos se extendieron hasta alcanzar las estrellas y mis pies pisaron tan firme que pudieron soportar todo el peso que se me venía encima, pero la enseñanza más hermosa provino del amor verdadero.


Actualmente tengo 30 años, soy psicóloga de profesión y puedo sonreír a la vida, tal vez, con más razones que cualquier otra persona. Soy libre, soy yo misma, sin ataduras y llena de bendiciones. ¿Qué más puedo pedir sino moverme y sonreír? He logrado encontrar el verdadero significado de mi vida y tengo suficientes motivos para existir.

En mi andar fui descubriendo caminos increíbles, senderos por los que nunca imaginé pasaría. De esta manera, logré entender que la magia de vivir y sentir, sólo se descubre a partir de tu propia sensibilidad. Sin duda éste es un caso especial y por tal motivo nos hará pensar: ¿cuánto nos esforzamos para obtener lo que queremos? Estoy convencida que las únicas limitaciones que existen están dentro de uno mismo y que teniendo vida todo se puede lograr.

Ensenada, B. C., febrero de 2005

@Edna Mariela Rubio Franco


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