Por Ulises CruzSus raíces están en Coahuila, en plena comarca lagunera, donde ni la cercanía del río Nazas refresca esos días de verano inclemente que curten hasta la piel más dura.
Jaime Herrera Barrientos nació en el seno de una familia numerosa: es el octavo de 14 hermanos, y de sus cuatro tíos, el que menos, tuvo ocho hijos.
En su natal San Pedro de las Colonias, ciudad localizada a 60 kilómetros de Torreón, Francisco I. Madero escribió y publicó La sucesión presidencial de 1910, y fundó el Club Antirreeleccionista. Sucesos de este calibre marcan para siempre a una comunidad; dejan su huella en cada uno de sus habitantes. No en balde y con mucho orgullo se refieren a su ciudad como La cuna intelectual de la revolución.
Jaime aceptó gustoso hablar con nosotros en su cubículo del tercer piso del edificio administrativo. El espacio es pequeño, pero acogedor. Destaca la presencia de una vieja máquina de escribir, mecánica, desde luego, y estantes repletos de artículos, papeles y libros. Como puedo, me acomodo en un taburete de mimbre y comenzamos a platicar sin que le incomode la grabadora.
Entre llamadas telefónicas que lo requieren para atender asuntos relacionados con algún alumno de la Maestría en Administración Integral del Ambiente (MAIA), de la cual es coordinador; de algún asunto laboral, pues actualmente ocupa la secretaría general del Sindicato Unificado de Trabajadores del Centro de Investigación Científica y de Educación Superior de Ensenada (SUTCICESE), o para atender a un compañero de escuela, pues también estudia derecho en la UABC, Jaime Herrera me cuenta de su primera vocación, la que tuvo antes de que la geofísica entrara en su vida: ser maestro, y de preferencia maestro rural.
De trato sencillo y plática fluida, nos comenta que en San Pedro de las Colonias estudió hasta la preparatoria, pero como no tenía una tradición familiar en la docencia, en el sector educativo, en el SNTE y esas cosas, pensó entonces que no tenía mucho futuro en el magisterio. Se olvidó de ser maestro y mejor empacó sus cosas para irse al Instituto Tecnológico de Torreón, donde estudió ingeniería mecánica. ¿Por qué esa carrera? Pues “porque me gustaba la química, la física y las matemáticas. Tenía el gusto por ellas”, nos dice con ese tono directo y amable que lo caracteriza.
Sin duda, su hermano Fernando, el mayor de todos, quien estudió física en Nuevo León, hizo una maestría en el CICESE y actualmente trabaja aquí mismo como técnico titular en el Departamento de Geofísica Aplicada, influyó fuertemente en las decisiones de Jaime. El hecho es que cuando terminó el cuarto semestre, optó por irse al Tecnológico de Ciudad Madero, en Tamaulipas, para terminar mejor como ingeniero en geofísica, en prospección petrolera.
En Tamaulipas, todo el asunto petrolero se toma muy en serio. Y más en los tiempos de La Quina, que es cuando Jaime Herrera llegó a la entidad.
El cambio de plantel no significó ningún problema. En aquella época (principios de los años ochenta) había una continuidad en el sistema de los institutos tecnológicos (60 planteles en todo el país) que permitía cambiarse a cualquiera y se reconocían las materias básicas que hubieras cursado. El problema más bien estaba en el contexto económico nacional. Estábamos en plena crisis petrolera motivada, según el presidente Miguel de la Madrid, por “factores externos” y por ello había que apretarse más el cinturón. Una buena razón, pensó Jaime, para mejor seguir estudiando, porque lo que sí había eran becas, sin importar que la mitad se te fuera en pagar un departamento. Corría el año de 1985 y en Ensenada había poca oferta de vivienda.
–¿Viniste a Ensenada por que aquí ya estaba tu hermano Fernando?
Él había terminado su maestría y ya no vivía en Ensenada; se había ido en 1983 para incorporarse a la Comisión Federal de Electricidad. Y yo, en 1985, vine al CICESE a estudiar la maestría. Realmente supe de la existencia del CICESE por él. Pero también por una revista: Ciencia y Tecnología, del Conacyt, que llegaba al tecnológico. En un número vino un reportaje importante de esa época, donde vimos lo que era el CICESE y algunos otros centros de investigación, como el Cinvestav. Así fue como pudimos ver lo que era este centro.
–Entonces ¿las razones por las que decidiste meterte a un posgrado fueron económicas, porque no había trabajo en tu área en esos años?
En parte eran económicas, pero me gustaba el estudio y consideré que valía la pena hacer la maestría. Por eso entré aquí al CICESE en 1985.
– ¿Cómo era el CICESE en esa época?
Saúl Álvarez estaba como director, tenía poco tiempo el edificio de Ciencias de la Tierra. Todavía nos íbamos a la Espinoza para usar la computadora Prime. Era entonces cuando llevábamos cursos comunes; por ejemplo había cursos comunes de métodos matemáticos, series de tiempo, métodos numéricos, entonces coincidíamos estudiantes de oceanología, ciencias de la Tierra y física aplicada. Ahí nos conocíamos; eran cursos como de 14 o 15 estudiantes.
– ¿Cuál era el panorama en cuanto a la formación de maestros y doctores en ciencias de la Tierra en esos años? Te lo pregunto porque actualmente batallan para conseguir estudiantes; la matrícula es realmente baja. ¿En esos años era igual?
En esos años éramos muchos estudiantes. Llegamos como del orden de 14 o 15 estudiantes en ciencias de la Tierra, particularmente en geofísica. Llegaron cuatro compañeros del Instituto Politécnico Nacional, y había otros de la UABC, entre ellos Lorenzo Gómez Morín (subsecretario de Educación Básica de la SEP en el sexenio de Vicente Fox) y Oscar González Yajimovich, muy entusiastas porque querían desarrollar la parte de geofísica en la Escuela Superior de Ciencias Marinas de la UABC, en el área de oceanología geológica. Era un grupo numeroso.
– ¿Y había trabajo? Porque fíjate que estás hablando que unos venían para poder integrar después un grupo de geofísica en una institución académica. Pero en otros sectores, como el petrolero, ¿había trabajo?
Estaba la situación un tanto difícil; había desempleo; sin embargo, había el esquema de apoyo en becas para que todo aquel que quisiera estudiar lo pudiera hacer.
La Quina y el sindicato petrolero
Al mencionar nuevamente el sector petrolero, Jaime Herrera recuerda lo que era Pemex a principios de los años ochentas, y el poder que ejercía uno de los personajes más controvertidos dentro de la política nacional, el exdirigente del sindicato petrolero Joaquín Hernández Galicia, La Quina.
“Para trabajar en Ciudad Madero en tiempos de La Quina había que hacer militancia social. Eso significaba que los sábados tenías que ir a las granjas del sindicato petrolero. Ellos decían: ‘si quieres verdura fresca y sana, cultívala; si quieres carne, cría los animales’. Entonces había que ir a las granjas y se hacían unas verdaderas verbenas, donde pasaban lista de asistencia, y eso lo ibas haciendo durante el tiempo que estabas estudiando. Al concluir tus estudios podías decir: he estado en la militancia, he estado en las granjas, tengo una carrera de geofísico y conocías las redes de poder o control social. De esa manera muchos compañeros se iban a Pemex, o a compañías que contrataba Pemex, para capacitarse y ser posteriormente supervisores. Muchos de ellos encontraron así trabajo. Pero yo no fui a la militancia y, bueno, pues tampoco encontré trabajo”, dice Jaime Herrera entre grandes risas.
– Este era un componente social que se daba mucho en los sesentas y setentas. ¿Se habrá perdido esto?
El corporativismo siempre ha existido. Antes era muy acendrado, marcado, notable y socialmente la gente reconocía que así tenía que ser. De hecho llegaban muchos estudiantes de la UNAM, del Politécnico, médicos, a Ciudad Madero a hacer militancia. Y había grupos de personas que sabían quiénes habían ido, quién era tu "guía espiritual" o cómo habías llegado ahí. En el Tecnológico de Ciudad Madero había líderes, gente que coordinaba ese tipo de profesionales. Había toda una red perfectamente establecida.
– El hecho de que tú quisieras haber sido maestro, y maestro rural para más señas, habla de una tendencia y formación social muy marcada. ¿Por qué no entrarle a este servicio social para conseguir trabajo, si finalmente era parte también de tu propia formación?
Sucede que yo pensaba seguir estudiando y no me interesaba mucho quedarme ahí en cuestiones petroleras. Esa era la verdad, realmente. Fui, conocí y vi cómo era el ambiente, y la gente no se veía que trabajara. Era una simulación; poca gente trabajaba con empeño, con ahínco; era una especie de convivencia, una especie de fraternidad. Varios compañeros que estudiaron conmigo están ahora en Petróleos Mexicanos, y están muy bien, en el sentido de que tienen un empleo y que ese servicio les permitió crear buenos “andamiajes” en Pemex, y están muy bien en ese aspecto laboral.
– Volviendo al CICESE, ¿en qué año terminaste la maestría?
En 1988, tardé dos años y ocho meses, o algo así. Cuando estudiaba había unos libros que me gustaban mucho de geofísica, de un español llamado Ernesto Orellana. Me gustaba su manera de tratar los problemas geofísicos, de una manera muy amena, muy peculiar; realmente son libros que hace falta leer y me gustaron bastante. Por eso le escribí diciéndole que quería hacer el doctorado con él. Me contestó que estaba en edad jubilatoria. En España cuando llegas a la edad jubilatoria realmente vas para afuera. Sin embargo me dijo que en la universidad tenía un grupo de trabajo consolidado, y que podía continuar y estar en contacto conmigo. Fue lo que animó para irme a España y hacer el doctorado. Eso fue en 1988.
Llegué en octubre al doctorado y lo terminé en febrero de 1992. Ese doctorado me gustó mucho porque obligan al estudiante a llevar cursos y cierto número de créditos en otras universidades, en programas de doctorado que reconozcan el programa al que estás adscrito, que en este caso se denomina Física de la Tierra, Astronomía y Astrofísica.
De ahí me contacté con la Escuela Superior de Ingenieros de Minas y tomé un curso sobre diagrafías de pozos, lo que aquí llamamos registro de pozos. Eso me gustó bastante. Ahí mismo se estaba anunciando un curso de especialidad en hidrología, y pensé: "esto me gusta más".
– ¿Habías tenido contacto con la hidrología antes de esto?
Para nada. Estudiaba asuntos de gravimetría, de geofísica, más teóricos y le veía poca aplicación a esto. Sí tiene su aplicación, pero se la veía más retirada, más reducida. Ese curso era el vigésimo quinto curso de hidrología aplicada, y se impartiría en Madrid. En España estaban muy en boga los temas ambientales, los temas de desertificación, a diferencia de aquí en México donde la cosa estaba muy incipiente. Los estudios ambientales parecían una moda, algo esnobista. En cambio en España estaba muy arraigado; había coloquios internacionales sobre desertificación, sobre problemas de sequía. Me llamó mucho la atención, por lo tanto pensé que era una muy buena oportunidad, y me dieron una beca. Ese curso costaba como 3 o 4 mil dólares; me lo becaron y por eso lo tomé con gusto. Hice entonces el doctorado y también la especialidad.
El curso resultó mucho muy interesante porque enfoca aspectos teóricos y prácticos, con una gran cantidad de interlocución con los participantes. Eso marcó mi campo de estudio; con él dije: esto es lo que realmente quiero.
– Al terminar en 1992, ¿qué opciones tenías? ¿O siempre pensaste en regresar aquí a Ensenada?
Siempre me interesó trabajar en el CICESE. Por eso le escribí al jefe del departamento, el Dr. Enrique Gómez Treviño, y al director de la división, el maestro José Manuel Romo Jones, y contacté también al doctor Mario Martínez, quien era el director general.
– En 1992, con un doctorado y estando en España, ¿cómo veías el desarrollo de las ciencias de la Tierra en México o de la geofísica en particular?
En el CICESE el programa de ciencias de la Tierra está bien, está a tono para continuar con estudios en cualquier parte del mundo, y me tocó llevar un seminario donde participaba gente que estaba en el filo del conocimiento y te das cuenta de que puedes seguir sus lecturas y eso es bastante gratificante.
– ¿Y en el resto del país? Siempre se ha hablado que existen en México dos grupos fuertes en este campo: la gente que está en la UNAM y los que están en el CICESE.
Así estaba y así se mantiene ahorita. Poco ha cambiado. Ahora hay un grupo en Colima y también otro en Linares, Nuevo León. De hecho, entre 1983 y 1985 comenzó el grupo de Linares, con un grupo de alemanes que apoyaron el programa de ciencias de la Tierra ahí, pero era incipiente.
– Entonces venir aquí al CICESE e integrarte al grupo de geofísica era integrarte a uno de los grupos más fuertes en México.
Pues sí. En el área de especialidad que se tiene aquí de métodos eléctricos, electromagnéticos, no hay grupos fuertes en el país: son los mismos que lo han venido haciendo; no se han reproducido. Ha habido poca reproducción.
– ¿Por qué?
No se puede decir que no hay gente; somos 105 millones de personas, pero ha faltado difusión y desprendimiento vocativo, de vocación, por impartir a las nuevas generaciones lo que se sabe para que ellos, a su vez, lo reproduzcan. Todo lo que es enseñanza es cuestión de vocación. Además, en general, en cuestiones de ciencias naturales su número no ha ido aumentando, a diferencia de las ciencias sociales.
– Llegas al CICESE en 1992 y empiezas a trabajar aquí. ¿Cómo ves al CICESE de esos años y cómo sientes que ha ido evolucionando? Te tocó la creación del Departamento de Geología, ¿no? ¿Se puede hablar de una consolidación de las ciencias de la Tierra a partir de entonces?
En el CICESE se empezó a reconocer la importancia de otras áreas. Estaba la noción de ciencias de la Tierra en el mundo. Ya no eran propiamente las disciplinas, sino que había toda una explosión hacia la interdisciplina y multidisciplina. Y las ciencias de la Tierra no estaban ajenas. En el CICESE se comenzó a pensar en lo que realmente eran las ciencias de la Tierra, pero ese esquema de interdisciplina no lo hemos logrado implantar aquí todavía; se mantienen los campos muy disciplinarios; realmente no se ha logrado; está en papel lo que es la ciencia de la Tierra, pero no en la colaboración y el trabajo interdisciplinario. Tenemos que avanzar sobre eso todavía.
– ¿Qué tanto influyó para el desarrollo de las ciencias de la Tierra en el CICESE que el director general fuera un geofísico?
Sí influyó, pero no realmente como se esperaría. Es más; cuando él (Mario Martínez García) se viene como director general, se apoya menos. Cuando él estuvo al frente de la jefatura, el tipo de personajes que daban seminarios en ciencias de la Tierra eran de alto nivel; había más vida ahí. Quizá era más joven la gente y había más impulso, no sé. Pero al estar Mario Martínez en la dirección general, su visión cambió hacia todo el centro, y ese impulso fuerte que traía geofísica se vio disminuido.
– Recuerdo que en 1993 hubo una reunión internacional en las instalaciones del exhotel Riviera, enorme, de unos 300 investigadores (Nota: del Consejo Consultor Científico del Programa Internacional Biosfera Geósfera –IGBP–, y el Foro sobre investigación de sistemas en la Tierra, de la Conferencia Internacional de Uniones Científicas –ICSU–).
Efectivamente, vinieron conferencistas de talla internacional, y esa vida, esa vigencia, ese pivote, desaparece, y se cae en un marasmo del que no se ha salido.
– ¿Cómo se desarrolla tu carrera en el CICESE?
Me doy cuenta de que el tema de la geohidrología es un tema muy interesante y empiezan a llegar estudiantes que se interesan por él, y comienzan a desarrollar tesis. Luego está el programa del medio ambiente con El Colef, en el cual me invitan a participar. Estamos hablando de 1995.
– ¿Quienes son los que impulsan originalmente esa maestría en Administración Integral del Ambiente?
El Dr. Luis Calderón, quien era director de Estudios de Posgrado, así como los investigadores de El Colef, visionarios de la importancia de los problemas ambientales y la necesidad de tener un conocimiento interdisciplinario, se acercan al CICESE. De ahí nace esa colaboración. A mi me invitan primero a que participe como docente. Para ser el primer coordinador creo que se invitó a Sergio Reyes Coca, y luego a Rogelio Vázquez y en 1995 me invitan como coordinador. Mientras tanto seguí como investigador en temas ambientales y empiezo a colaborar con colegas de El Colef, y empiezo a ver los problemas ya no únicamente desde la parte de la física, sino también desde la visión social impuesta por ellos. Eso me daba una mayor riqueza y es la parte que me gusta y así estoy tratando los problemas, de integrarlos.
La coordinación de esta maestría ha sido una experiencia muy enriquecedora. He estado con todas las generaciones que han egresado (nota: cada dos años se abren inscripciones para una nueva generación). Actualmente hay del orden de 80 estudiantes egresados; participé en la primera promoción.
– ¿De qué depende que un programa de posgrado como este, sea exitoso? Por ejemplo, con el propio Luis Calderón hubo también una iniciativa para armar un doctorado en geología en coordinación con la universidad estatal de San Diego, y tronó. ¿Por qué unos programas sí funcionan y otros no?
Este programa, la MAIA, tiene algo particular. Primero, que la planta académica de El Colef y del CICESE son complementarias. Es decir, no competimos, sino que somos complementarios, y ese es un elemento importante para que un programa funcione. También se requiere que haya interés en colaborar y participar. Y eso también lo tiene este programa; en él participa gente de todo el CICESE; no está sujeto a un departamento o a una división; tiene un cuerpo colegiado conjunto donde participan docentes de El Colef y docentes del CICESE, nos reunimos, discutimos temas colegiados del programa, hay instancias colegiadas de evaluación de todo el programa en donde participan todos los docentes que dieron clases, entonces los problemas se resuelven internamente junto con todos los involucrados. Y un cuerpo colegial interinstitucional que revisa los avances de lo que está sucediendo cada semestre, pues en este caso el programa es semestral. Entonces: somos complementarios, el programa es común, y no hay rivalidades ni intrigas ni pleitos, porque tenemos una suma, una sinergia de todos. Pero lograr esto no fue fácil. En un principio había quien se oponía al programa. Consideraban que no era posible un programa así porque la gente partía de una idea altamente disciplinaria y especializada. Entonces decían que no era posible ese tipo de profesional: un gestor ambiental. No se concebía y los que se oponían decían que había que desaparecer el programa. Eso sucedía aquí, y en El Colef seguramente había una lucha similar: investigadores que decían que deberían de ser ciencias sociales duras y puras. ¡Imagínate! ¡Y aquí querían ciencias naturales duras y puras! Pero también hubo gente que defendió el programa, que creyó en él, y tuvimos discusiones filosóficas importantes y finalmente el programa sigue. Está en el Padrón Nacional de Posgrado, es de alto nivel, nuestros egresados trabajan y muchos de ellos han hecho doctorados. Va para adelante.
– Hace rato comentaste sobre este marasmo en el que sientes que cayó la institución, y que se mantiene todavía. ¿A qué te refieres? ¿Dónde y en qué áreas están esos marasmos, esas inercias que hay que romper?
Esos marasmos se dan en espacios de quietud, donde se quiere que todo siga igual. Es una cuestión de tipo inercial: donde todo está en reposo, sigue en reposo. A un movimiento uniforme sigue un movimiento uniforme. Como que hace falta una perturbación externa que llegue ahí y mueva el sistema.
– Tomemos un aspecto importante, como el económico. Si no hay presupuesto para que se mantenga la operación del centro, entonces ¿qué mejor “ramalazo” para que el sistema se active?
Pero el sistema privilegia la permanencia en el SNI, por ejemplo. Quien ya está en el SNI tiene que privilegiar esos esquemas, y quien esté fuera pues tratará de entrar. Estando ahí mantienes tu estatus, y no te puedes salir ni de tu línea de investigación, ni dejes de producir tu “paper” anual porque corres el riesgo de que en tu próxima evaluación salgas del sistema. O sea: el sistema está hecho para que una vez que entres, no te salgas, y para tratar de escalar.
– ¿Y qué alternativas hay? Una es subir los sueldos, porque finalmente el SNI es una compensación económica. ¿Qué alternativas hay para que, sin un SNI, podamos tener una activación del sistema?
El SNI hace que se pierda la lealtad institucional. Tu jefe no es la institución; tu jefe es quien te da la beca, o sea el SNI. Y tu mismo jefe está legitimando esa falta de lealtad. Ahora los cánones están dados por el SNI y aquí, internamente, se reconoce el SNI para efecto de incentivos: “Como ya te lo reconocieron externamente, pues ahora te lo reconozco yo, y ese es el camino que se debe seguir”. Esa es la señal que la institución está mandando: los parámetros hacia el SNI, porque es un indicador con el que la institución se ha comprometido.
– Pero la pregunta sigue en el aire: ¿entonces cuál es la alternativa para que la institución, como tal, pueda romper con este esquema?
Creo que tenemos que incidir en las políticas nacionales y tenemos que ser interlocutores ante los organismos donde se toman decisiones; tenemos que hablar; tenemos que expresarnos y no mantener esa quietud, porque eso sería mantener el marasmo o seguir en el mismo proceso.
– Establecer este “pacto social” del que habló León Olivé en el diplomado de Ciencia, Tecnología, Sociedad e Innovación (CTS+I) que, por cierto, llevaste hace dos años…
Así es. Además, las comunidades científicas tienen su propia sociología. Tienen cánones de valores diferentes. Es la república de la que habla Sócrates, la república de la ciencia.
– Pero que pesa muy poco, ¿no, Jaime? Estoy recordando: viene el presupuesto de egresos para 2007 y con la mayor facilidad le quitan 30 millones de pesos al CICESE. ¿Por qué?, le preguntamos a nuestro director general, y su respuesta es contundente: porque no pesamos. No hemos logrado hacer ver que la ciencia tiene un sentido y que merece ser apoyada con presupuestos suficientes y buenos. ¿Cómo hacer que esto suceda?
Las instituciones pueden hacer mucho. Si ves las tablas de elementos evaluadores, te vas a dar cuenta que la vinculación, la difusión, el servicio social, o apoyar a organismos que te piden consultas (como los Coplades u otras organizaciones sociales), no pesan o no aparecen en las listas de reconocimiento interno del CICESE. Ni vas a ver que pesan para promoción ni para nada. Esa es la señal clara. Te puedo decir que hay un doble discurso, porque en los hechos así es: lo que pesa es el elemento académico puro, porque va alineado o emparejado a la permanencia en el SNI y va emparejado a los reconocimientos que dan las academias de ciencia, y ese es el canon que hay que seguir, y la institución lo sigue también y lo mantiene y lo sostiene.
– Pero estamos entrando en una paradoja. Hay un esquema que te obliga a trabajar con esos cánones, pero la realidad económica como país obliga a las instituciones a que trabajan de otra manera: autogenerando recursos o con la venta de servicios. Y tu cómo investigador te quedas en medio; ¿para dónde te haces?
Tú como investigador eres parte del sistema. Una parte racional, inteligente que puede hablar y que muchas veces la misma dinámica de tus proyectos, de tus labores, te encierra y ahí continúas. Hay instancias dónde discutir lo del posgrado, por ejemplo. Hay instancias para discutir a dónde va la educación, a través de la ANUIES. Hay foros e instancias que debemos ubicar y aprovechar, y participar todos. Tenemos que cambiar ese sesgo que ha tenido el uso y la aplicación de la ciencia. Socialmente, si encuestas incluso a la gente, las personas no ven a la ciencia como la alternativa para solucionar sus problemas. Está el brujo, está el sobador, está Walter Mercado. Y vemos que, como agente de socialización, la televisión te lo está diciendo. Esa es la realidad social del país. Y el investigador está enfrascado en sacar sus “papers”, en recibir sus galardones y medallas, en seguir el esquema de la meritocracia donde, por supuesto, el que más se esfuerza más hay que darle. Y eso lo reconoce la academia, lo reconocemos entre pares: es más quien más galardones tiene, que no es necesariamente lo que el país requiere y necesita. Por eso hay ahí un doble discurso.
– Te voy a cambiar el tema, porque me llama mucho la atención que teniendo toda esta experiencia como investigador en una ciencia dura como es la geofísica, de repente te pones a estudiar derecho. Explícame ¿cómo sale esto?
Lo del derecho es un hobbie. Resulta que en los temas ambientales, me he dado cuenta que puedes hacer un trabajo muy bueno o medianamente bueno (y hay trabajos sumamente buenos de colegas investigadores), que al momento de tomar decisiones no sirven para nada. Y todo queda en las manos del derecho, o en manos de expertos en derecho, o seudoexpertos. Realmente ese conocimiento tan bien elaborado, cuidadosa y meticulosamente hecho, no tiene una repercusión en la toma de decisiones necesaria. Eso lo he visto a lo largo de la maestría (en Administración Integral del Ambiente) y he participado como lector en comités de tesis muy interesantes de los estudiantes de la MAIA. De hecho, llevan un curso de legislación ambiental y me he dado cuenta que es muy importante aprender algo de derecho. Eso fue una motivación por la que me he puesto en las tardes a estudiar derecho. Realmente es muy importante saber algo de derecho para que todos esos esfuerzos y esos trabajos puedan tener un mejor sentido y provecho e incidir en la toma de decisiones de muchos proyectos ambientales que hay, que no siguen la normativa o los mínimos técnicos, en gran parte, por cuestiones legales.
– ¿Crees que sea entonces necesario revisar los planes de estudio de algunos posgrados en el CICESE y empezar a dar este tipo de materias?
No tanto impartir esas materias, sino que es parte del ejercicio interdisciplinario. Si fuéramos más interdisciplinarios podríamos entender que los problemas ambientales son problemas sociales, y que en los problemas sociales hay que concurrir todas las ciencias para resolver preguntas base. La pregunta debe prevalecer, así como el nivel de participación de cada quien para resolver esa pregunta. Es ahí en donde podemos coincidir antropólogos, sociólogos, expertos en derecho, geofísicos, geólogos y demás, para resolver un problema particular.
– ¿Y también dirigentes sindicales…?
Claro…(risotadas)
– Estamos hablando del bien social, del bien común, ¿no? ¿Eso es lo que te impulsa para incursionar además en esta faceta de dirigente sindical?
La labor sindical es una labor social. Creo en la fuerza colectiva que tenemos las personas. Tú me comentabas que esta sección (de la Semblanza) le gusta mucho a la gente leerla. Los hombres somos seres sociales; nos gusta conocer de los demás y conocernos incluso a nosotros mismos. La cuestión sindical, para empezar, es una figura legal que ahí está, en la constitución. Nos podrá gustar o no, porque ha sido pervertida, desvirtualizada totalmente, y hablar de un sindicato a veces da más miedo que hablar de la policía. Ese es el nivel de fama que han tenido los sindicatos. Pero también es una manera de organización muy importante, con la cual se puede lograr la estabilidad de las instituciones. Muchas instituciones se van a la ruina por sus directivos, por la manera como las llevan, algunas alcanzan a ser botines de pocos. Tenemos que preservar la fuente, alinear a los trabajadores, ver por la calidad en el trabajo, y un elemento para lograr eso es el sindicato. Incluso hay que frenar ese avasallador impulso neoliberal, y los sindicatos son una herramienta para, si no detenerlo, de menos amortiguarlo. Y esa es la participación colectiva, no hay otra.
– ¿Y cómo ves la participación de los trabajadores del CICESE?
En papel, el sindicalismo en el CICESE tiene 26 años, desde que se intentó formar el primer sindicato. Entré al sindicato hace dos años, asistí a las asambleas y me invitaron a participar en la dirigencia. Les dije “si no encuentran a nadie más, pero definitivamente a nadie más, entonces le entro”. Pues creo que no encontraron a nadie más (risas), y así entré a formalizar una planilla. Seguimos un proceso, porque el sindicato tiene estatutos y tenemos que respetarlos. Y participamos; había otros compañeros con otra plantilla y finalmente ganamos y aquí estamos; con ese compromiso social.
– Y entre ser dirigente sindical, terminar como abogado o seguir como geofísico, ¿con cuál Jaime Herrera te quedas?
Me quedo con el Jaime Herrera geofísico, el Jaime que estudió los problemas ambientales. La cuestión del derecho es importante para asuntos sindicales, para asuntos del medio ambiente, para asuntos de la convivencia diaria.
– Tienes un camino largo en el CICESE; estás cumpliendo 15 años de trabajar aquí. ¿Dónde ves tus principales aportaciones a este centro de investigación?
Los veo en la formación de recursos humanos, principalmente. Esto es un aprendizaje permanente. Mi permanencia aquí me ha hecho aprender bastante; esa facilidad de poder participar con estudiantes de la MAIA, con colegas de El Colef, de colaborar con colegas de la UABC, del Politécnico. Mi trabajo de investigación es altamente colaborativo.
– ¿Cómo ves al CICESE actual? ¿Cuáles son las perspectivas que ves con esta nueva administración?
El CICESE actual tiene un alto potencial, y ese potencial hay que impulsarlo. Ante todo permitir la libertad de investigación, el reconocimiento de que la parte humana no se pierda. Eso es muy importante. No vernos como objetos, sino como los seres valiosos que somos todos…
– Pero eso es difícil, ¿no? Las referencias siempre son: “antes, cuando estaba Saúl (Álvarez), éramos una familia…” Pero en el CICESE de hoy conviven mil personas, todos los días, entre estudiantes y trabajadores. ¿Cómo hacer para que no se pierda la parte humana en la institución?
Es una cuestión natural. Hay quien explica que cuando aumenta el número de personas, aumentan los problemas. Esa es una cuestión sociológica; así sucede. Pero dentro de eso, también hay mayores riquezas, hay mayores líneas de investigación, mayor aprendizaje, se crean corrientes mismas del conocimiento y eso nos va a fortalecer a todos: a la ciudad misma, a la institución. Debemos ser un polo de referencia en el quehacer y en la manera de relacionarnos, de convivir, de una manera civilizada, organizada.